Historias comunes que se van recogiendo de las caminatas diarias

martes, 26 de mayo de 2009

NOTAS DE LA CIUDAD

Fulano sintió como unas manos iban rebuscando los bolsillos de su casaca hasta dar con su billetera. Sintió el olor alcanforado de sus atacantes, mientras dos manos lo sujetaban contra una pared. Entendió nítidamente aquello de la humillación de los vencidos y se dejó hacer para que todo eso terminara de una vez.


EL ASALTO

Fulano lo sospechó inmediatamente: aquellos tenían toda la facha y la actitud de un par de adictos desesperados. Sin embargo, y como casi todos los homínidos de estas calles, supuso, por unos momentos, que a él no le iba a pasar, aunque todas las evidencias dijeran que sí le iba a pasar. Como precaución, simplemente decidió apresurar el paso y abrirse un poco hacia la izquierda. Ese día, el sopor del verano era agobiante y la luminosidad solar reverberaba pegajosa y cegadora en los vidrios de algunos viejos autos y de los edificios - de los pocos que por allí tenían vidrios - . Fulano, miró a su alrededor como para medir sus posibilidades de escape. Su gesto no pudo ser más elocuente. Palideció. Había caído en una de esas calles de Lima en donde todo estaba dispuesto para el asalto: paredones extensos que cercaban depósitos, sólo algunas puertas completamente cerradas, basurales que semejaban pequeños montículos rumorosos de moscas.
Fulano entendió que el asunto era más grave de lo que había supuesto cuando notó que dos de los caminantes que iban delante de él - percatados de los salteadores-habían decidido cambiar de vereda. Ya es muy tarde, para mí, debió pensar. Por lo tanto decidió seguir su destino y esperar, si la suerte estaba de su parte, que aquellos fumones lo ignoraran por esas cosas raras que a veces tiene la suerte. Cuando ya estaban a unos metros de él, Fulano pudo verlos a plenitud y se dio cuenta de que ellos también lo habían visto y medido. Todavía pudo haber brincado a la calzada y cruzar a la otra calle evadiéndolos por unos momentos; sin embargo, como que se fascinó con aquellos individuos que se le acercaban.
Era la primera vez que los veía con tanta atención y tan cerca: fantasmales, arruinados, embrutecidos. Vio que uno de ellos – al parecer el menos deteriorado - se fue adelantando. Todo estaba consumado. Ese mediodía de febrero, en las inmediaciones de la tercera cuadra del jirón Huanuco , él, fulano, iba a ser un individuo más en la incierta lista de gente maltratada por un robo. Masculló una maldición.
- Tío, – le dijo entonces el tipo que se había adelantado a su cómplice. Tenía los ojos azules y un gorro sucio de capitán de barco, como en las películas; la barba oxidada y sucia – un favorcito.
Fulano quiso ignorar aquella llamada, pero una mano firme ya lo había detenido. Miró entonces con terror que el otro individuo: más bajo, los ojos inyectados, y más sucio, también se había acercado. De pronto, ambos, lo tenían flanqueado definitivamente.
- ¿Eres sordo, tío? – le reclamó el del gorro de capitán – uno te habla educadamente, pero nada.
- ¿Qué quieren? – dijo Fulano, mal ocultando su miedo.
- Una ayudita para el combo, tío, nada más.
Luego, Fulano sintió como unas manos iban rebuscando los bolsillos de su casaca hasta dar con su billetera. Sintió el olor alcanforado de sus atacantes, mientras dos manos lo sujetaban contra una pared. Entendió nítidamente aquello de la humillación de los vencidos y se dejó hacer para que todo eso terminara de una vez. Vio cómo desaparecía el reloj de su muñeca y cómo sus bolsillos era esculcados desesperadamente. En algún momento de esa interminable espera, algo en su mirada indicó que había calculado las posibilidades de una rebelión, sin embargo, fue apenas una luz rápida que se aniquiló ante la contundencia de la verdad.
Cuando los facinerosos terminaron su labor, Fulano parecía estar totalmente cansado. Miró a los individuos y luego miró la larga y desolada calle. ¿Y ahora?. Entonces fue cuando escuchó la frase que terminó por confundirlo en ese medio día de su infortunio.
- Oye, déjale para su pasaje – dijo el de gorro marinero.
Fulano nunca estuvo seguro si lo que dijo a continuación fue una sorna (impropia de alguien arruinado por las drogas) o las palabras inconscientes de un remordimiento, también extraño. Lo cierto es que, antes de irse, el de los ojos azules le dijo, tan cerca que percibió su aliento a licor barato:
- Vete rápido, tío. Por aquí asaltan siempre.

NOTAS DE LA CIUDAD


Dicen que hay momentos en la vida de un hombre en donde se determina su temple y valor, y que esos momentos son sorpresivos: aparecen en cualquier ocasión y lugar. Por ejemplo en una calle del jirón Lampa. Se dice que sólo entonces el hombre alcanza su grandeza o su miseria en una fracción de segundos y que luego se lleva para siempre ese recuerdo.

LA DECISIÓN DE FULANO
El hombrecito se le apareció a Fulano repentinamente, desde algún lugar inesperado, con un gesto de innegable miedo: Ayúdeme.
Se diría que Fulano había estado distraído porque la sorpresiva aparición de aquella sombra esmirriada lo cogió tan de sorpresa que apenas si alcanzó a disminuir un gemido que pudo haberlo abochornado para siempre por las veredas del jirón Lampa: Ay, Dios mío. Sin embargo, tuvo la rapidez como para carraspear casi de inmediato y, así, disimular su gritito poco varonil y recuperar de inmediato su dignidad.
El hombrecito - que sí había alcanzado a escucharlo - lo miró entonces con cierta decepción y hasta se diría por sus gestos que tuvo dudas muy serias sobre el apoyo que Fulano podría darle. Como que el gemidito había disminuido a Fulano dramáticamente hasta convertirlo en otro desvalido más de esa tarde. Aún así, y probablemente porque no había otro individuo alcanzable, le insistió: Me persiguen dos pirañas, señor, ayúdeme.


Fulano levantó la mirada y escrutó por las inmediaciones. Los mismos edificios empolvados en la esquina de Nicolás de Piérola. El viejo puesto de periódicos abandonado a punto de desplomarse desde siempre. El pasaje que daba hacía Carabaya. En un principio no logró ubicarlos, pero en una segunda mirada sí que los descubrió: mal escondidos y disimulando pésimamente sus intenciones, con las camisas desabotonadas y las zapatillas sucias y descomunales, dueños por completo de la situación. Fulano, por supuesto que tuvo miedo. Tenía un maletín, de falso cuero claro, pero con documentos importantes; además estaba su teléfono móvil que tampoco era de tecnología de punta, pero que le había costado lo suyo.
- Busque un policía, no a mí.
- ¿Y Dónde?

Fulano volvió a hurgar con la mirada confusa y efectivamente no logró ver a ni a policías ni a serenazgos en las inmediaciones. Claro que había gente, y mucha, yendo y viniendo por todos lados, pero como si no estuvieran, como si no vieran. Él sabía que nadie iba a intervenir en el caso de una agresión. Él tampoco lo hubiera hecho. ¿Entonces? ¿Cómo dejó que lo complicaran en esto?:
- Pero qué quiere que yo haga.
El hombrecillo trató de decirle algo, pero lo que sea que haya querido decir, murió en un balbuceo confuso. Tan sólo lo miró totalmente rendido, con los ojos acuosos. Fulano comprendió entonces todo. Entendió que estaban solos, acosados, huérfanos en una calle peligrosa
- Ayúdeme
- ¿Por qué yo?


Dicen que hay momentos en la vida de un hombre en donde se determina su temple y valor, y que esos momentos son sorpresivos: aparecen en cualquier ocasión y lugar. Por ejemplo en una calle del jirón Lampa. Se dice que sólo entonces el hombre alcanza su grandeza o su miseria en una fracción de segundos y que luego se lleva para siempre ese recuerdo. Al parecer, sin asimilarlo bien, Fulano quiso asumir ese reto que la vida repentinamente le imponía


- Vamos, yo lo acompaño, no le va a pasar nada.


El hombrecillo, de pronto sintió que la dimensión de Fulano se había recuperado. Lo miró, lo admiró y lo siguió mansamente.Ambos caminaron hasta el jirón Azángaro. La luz del sol, a esa hora, era apenas una resolana percudida más allá de los nubarrones grisáceos que cubrían la ciudad. Fulano volvió el rostro con la esperanza de ya no ver a sus perseguidores, pero los vio: casi burlones y astutos, siguiéndolos implacablemente. Decidió entonces bajar hacia la avenida Bolivia. El hombrecillo obedeció callado. A lo lejos, y hacia la izquierda, alcanzaron a ver la estructura polvorienta del Palacio de Justicia. Al frente, el hotel Sheraton como un león viejo y testarudo sobreviviendo de los recuerdos. Cuando se acercaron al cruce con la avenida Garcilazo, Fulano ya no quiso mirar hacia atrás porque sabía que ellos todavía estaban allí, y quizás más cerca que antes. Se diría que casi los sentía reír.


Dicen que hay otros momentos, en donde un hombre - muy a su pesar - puede llegar a extremos de pusilanimidad insospechados. Es decir que la línea entre la grandeza y la cobardía es, a veces, demasiado delgada e inestable.
Sea por esta razón o por cualquier otra, el hecho es que cuando Fulano reconoció el ómnibus destartalado que lo podía llevar a su destino y vio que la luz del semáforo estaba por cambiar a verde, se descubrió en una faceta que hasta allí desconocía. Simplemente empujó al hombrecillo que se había sujetado de su brazo, y cuando sintió que éste trastabilló, trepó de un salto al ómnibus que ya arrancaba. Había, como siempre, un ruido ensordecedor de bocinazos, silbatos y gritos.
Desde los vidrios quebrados del viejo ómnibus, Fulano todavía alcanzó a ver la cara de confusión del hombrecillo y ya muy cerca de él, las siluetas de sus perseguidores. No pudo ver más porque la multitud de esa hora los fue envolviendo hasta desaparecerlos. Muy en el fondo, como que Fulano no quiso ver ni siquiera dentro de él mismo.

NOTAS DE LA CIUDAD

Los transeúntes comenzaron a demorar el paso picados por la curiosidad que despertaba aquel hombre flaco y sudoroso que aferraba al otro, gordito y con cara de sinvergüenza. Zutano respiró muy hondo y lanzó la apelación que tantas veces se había guardado: ¡Págame!
PÁGAME
Finalmente lo alcanzó en la esquina Emancipación con el Jr. De la Unión. Lo cogió por un brazo y cuando aquél volvió el rostro asustado, Zutano lo enfrentó con un gesto desafiante: al fin te encontré. El otro hombre trató de forzar una sonrisa que finalmente no pudo ocultar su contrariedad y sorpresa. Incluso miró de reojo a todos lados como si buscara alguna ruta de escape: pero, hombre, qué sorpresa. Tragó saliva. Entonces Zutano lo sujetó por las solapas con gesto amanazante. Los transeúntes comenzaron a demorar el paso picados por la curiosidad que despertaba aquel hombre flaco y sudoroso que aferraba al otro, gordito y con cara de sinvergüenza. Zutano respiró muy hondo y lanzó la apelación que tantas veces se había guardado: ¡Págame!
En pocos minutos ya se había formado un aceptable grupo de curiosos que rodeaban a los dos hombres. Algunos miraban con simpatía a Zutano: pobre hombre, uno presta porque es buena gente, pero hay tanto caradura en este país. Otros, más bien, apoyaban al gordito que, después de todo, tenía algo de cada uno, porque – dígame usted - quién no cabecea en este mundo. Algunos bocinazos, como los se que dan cuando se respalda alguna marcha, se empezaron a oír. Desde las otras veredas, la gente aguzaba la mirada tratando de saber lo que sucedía. En medio del círculo que habían formado los curiosos, Zutano y el otro hombre discutían a toda voz.
- Te juro que ya tenía el dinero y que te llamé por teléfono
- Te juro, nada, y a mí tú nunca me llamaste por teléfono
- Bueno, fatal para ti si no me crees, pero yo sí quería pagarte
- Entonces págame ahora
- Es que ahora no tengo
- No me importa. Hace meses que deberías haberme pagado
- Tú no entiendes que la crisis nos ha fregado
- Por eso, yo también estoy jodido y quiero la plata.
De pronto, Zutano se dio cuenta de que estaba rodeado por gente que no conocía, pero que esperaba, ansiosa, la siguiente escena del espectáculo que él les estaba ofreciendo arrastrado por su desesperación. Alguien del grupo le aconsejó, de buen corazón, que lo llevara a la comisaría; otros dijeron que eso era por las puras; del otro sector, más que opinar, murmuraban por un borrón y cuenta nueva y, que caray, la amistad estaba por encima del dinero y, además, – esto sí lo aprobaron todos – la crisis nos estaba obligando a tantas cosas injustas como ésta. En la mirada de Zutano – antes cargada de decisión - comenzó a notarse una sombra de agotamiento o quizás - no estoy seguro - de resignación. Miró la ciudad y se sintió cansado. El hombre gordito intuyó que ya había ganado la batalla; hubo en su rostro un gesto de escamoteador experimentado que lo delató: se dispuso a dramatizar el colofón de su actuación.


- En verdad te voy a pagar, te lo juro por lo más sagrado.
- ¿Cuándo?- Antes de una semana... Yo mismo te voy a buscar... Te doy mi palabra...
- No te creo
- Hermanito, créeme, por favor, a pesar de la situación, yo te voy a cumplir.


Zutano lo miró fijamente y pareció comprenderlo todo. No obstante, como que se sintió abrumado, sin fuerzas ni ganas de insistir, y, poco a poco, fue aflojando la tensión con la que había sujetado al gordito. Con el nudo de la corbata ahora mal puesto y las puntas del cuello de la camisa hacia arriba, Zutano parecía haberse resignado a la evidencia contundente: otra vez se le iba a escapar.Los bocinazos aumentaron, se oyó muy cerca los silbatazos de la policía. El gordito deudor se diluyó rápidamente.
Zutano se marchó silencioso, derrotado, solo. Mientras el gentío se disolvía presuroso en la bruma de las seis de la tarde.

jueves, 7 de agosto de 2008

NOTAS DE LA CIUDAD

Un hombre me interviene cuando estoy sentado ante la pantalla de una computadora en una cabina pública, me habla muy bajo, pero con voz determinante. Me pide que le escriba una carta...


NO VALE LA PENA

Supongo que las cosas se terminan cuando tienen que terminarse. ¿Le parece que así está bien? Y no sé, le digo, principalmente porque no quiero inmiscuirme más de lo que ya estoy. Bueno, me dice él, luego de un rato de reflexión y con los ojos fijos en la pantalla oscilante de la computadora, siga escribiendo: nadie puede detener las cosas del corazón y, en ese sentido, no hay nada que agregar a lo que pasó, ya está, así debió quedar, tú por tu lado y yo por el otro; pero tenías que hacerla por la difícil, y eso sí que no lo acepto. ¿O usted qué opina?, me pregunta. Yo solo escribo, le digo. Pero alguna opinión tendrá que tener porque está conociendo la historia. Usted dicta, yo escribo, verifico la ortografía y arregló algunas palabras, ese fue el trato.
Siento que me mira con enojo. O sea que usted no sabe no opina como ese porcentaje que sale en las encuestas. Quiero decir - contesto sin quitar la mirada de la pantalla - que yo no me meto en los problema de los demás. Se lleva una mano hacia su cabello recortado, luego saca un pañuelo con el que repasa su rostro cetrino buscando eliminar el brillo grasoso de su frente. Escriba entonces: la deslealtad, Margarita, es una falta que mata más que el desamor. Tú lo sabes porque a ti te pasó lo mismo y me lo contaste alguna vez y en ese tiempo yo te consolaba. Eso fue cuando todo iba bien entre nosotros. ¿Sabía usted que nos iba bien en un tiempo? No ¿Sabía que yo era un hombre feliz? Entonces vuelvo el rostro hacía él. Es un hombre cansado, de rostro cincelado por el ejercicio y el rigor de una vida de disciplina. Pretendo encoger los hombros para mostrar indiferencia; pero no me sale muy bien. Yo también quiero sacar un pañuelo para sacarme la fina capa aceitosa que a veces aparece en mi rostro cuando estoy nervioso.
Siga escribiendo: si acaso algo se estaba jodiendo entre nosotros podrías habérmelo dicho; es decir, tú sabes, tal vez te hubiera hecho el escándalo, pero sabías que yo terminaría entendiéndolo y seguramente se hubiera buscado una solución, y si no la había, me iba a dar cuenta, Margarita, a muchos no nos gusta pedir algo que ya no hay, pero todo hubiera sido por la legal. ¿Qué le parece eso de legal? Callé. ¿Sabía que soy oficial de la policía? ¿Que defiendo la ley? Luego calló por un rato. Claro que la mayoría de los civiles piensa que nosotros nos pasamos la ley por los huevos. Se oye el ruido ronco y envejecido de un automóvil en la calle. Yo no digo nada, miro la pantalla, sólo espero que me dicte más palabras. Estoy pensando en cuál era el segundo nombre de Camila. Me comienzo a inquietar. Ella no me lo había dicho, pero si me contó que no le gustaba ese segundo nombre porque era muy común, aunque reconoció que era el que más usaba o con el que más la conocían. ¿Podría ser? Pienso. Un hombre me interviene cuando estoy sentado ante la pantalla de una computadora de una cabina pública. Me habla muy bajo, pero con una voz determinante. Me pide que le escriba una carta. Le digo que no, que estoy ocupado. Las cabinas están a medio llenar, la música de una radio deambula muy débil por el ambiente. El encargado, un hombre gordo y abúlico, medio dormita sentado cerca de la computadora principal. Nadie se da cuenta de lo que está pasando en la cabina número doce, la más escondida. El hombre vuelve a insistir con demasiada autoridad y yo estoy con la viada y aun no tengo miedo, por lo tanto, me vuelvo a negar con aplomo y casi con desprecio. “Le conviene, amigo”, me dice luego: “Hágame caso, le conviene”. Lo miro bien. ¿Cómo podía ser que a esa hora de la tarde se aparezca un tipo a pedirme con tono de amenaza que le redacte una carta.? Vuelvo a mirar a mi alrededor: nadie se había inmutado.

Entonces siento que aquél me ganó por intimidación. No estoy seguro si el bulto que se camufla bajo su chompa a la altura de la cintura es un arma, pero él hace toda la pose como para creérmela. Finalmente acepto. Entonces me pone una mano en el hombro como para tranquilizarme y me indica lo que pretende. Y yo pienso que eso me tomará sólo un rato y que lo mejor es dejar pasar el mal rato lo más pronto. Escriba: entiendo que el servicio y mis guardias tan constantes nos tenían separados por mucho tiempo; pero eso ya lo sabías desde que aceptaste estar conmigo. Calla por un rato. Sus ojos se turban. ¿Cuál era el otro nombre de Camila? ¿Se llamaba en verdad Camila? Siga escribiendo: aceptó que es difícil estar con un hombre de mi ocupación. Sé que pocos creen que los de uniforme podemos enamorarnos. Pero a veces sucede que nos enamoramos, como yo lo hice de ti. ¿Usted también piensa que los policías somos una mierda? Yo dejo de teclear: No. Y él: ¡Si cómo no! ¿Por qué hay gente que se mete con la mujer de otro? Se ofusca: ¡Carajo! ¿No hay suficientes mujeres por allí? Me mira directamente y presiento que me odia, que me lo va a decir, que no entenderá razones, que yo tampoco las entiendo bien; casi vaticino que va a sacar el arma. Y yo no estoy seguro de Camila. La traición, Margarita, es lo que más duele, más que un balazo. La confianza que se le empieza a tener a alguien. ¿Entiendes? Me mira. No sé si me está dictando o me está preguntando. No es fácil creer en alguien. Aquí es la selva y cada quien es un pendejo que está buscando sacar provecho y uno tiene que vivir sin creer en nadie. Cierra los puños. Su rostro sigue impasible. Solo sus ojos casi inyectados lo delatan. Por lo demás, pareciera que su rostro no ha aprendido a entristecerse. Yo pienso en Camila y en la estupidez de no haberle preguntado más sobre el novio que tenía. Ella tan solo me dijo una tarde: sí te acepto, ahora somos enamorados, y te quiero.

Ahora el hombre me mira otra vez. Suspira. Se queda un largo rato en silencio como como cavilando. Luego dice: No vale la pena. Guarda su pañuelo. Me pone la mano sobre el hombro. Déjelo así. No vale la pena. Pensaba mandárselo a su correo, pero no vale la pena. Gracias por la molestia. Me vuelve a mirar pero como si ya estuviera alejado: Teniente Silva, de la comisaría de Magdalena del Mar para cuando guste. Adiós.
Luego de una rato, recupero el aliento y el ritmo controlado de mis latidos. Miro las letras en la pantalla y siento la pena total de un hombre ahogándose entre los sustantivos y los verbos que se extienden en esa página sin terminar.
Después llevo el cursor hasta la última línea y comienzo a borrar palabra tras palabra. En verdad, pienso: no valía la pena

martes, 10 de julio de 2007

NOTAS DE LA CIUDAD

Mengano se volvió a desubicar y un presentimiento de esos que lo ayudaban a sobrevivir en las calles de la ciudad, le ratificó que algo iba a suceder en esa tarde bochornosa de febrero

LA COIMA

Efectivamente, el destartalado automóvil de un color ya marchito y modelo indefinido se había pasado la luz roja. No había discusión en ello y por eso, cuando oyó el sonido enérgico de un silbato que le indicaba alto desde algún lugar de la congestionada avenida, Mengano simplemente masculló una maldición, buscó al policía por el espejo retrovisor y se pegó a la derecha para detenerse: me fregué.

Luego de respirar hondo y de buscar sus documentos, salió del automóvil resignado a un encuentro inevitable. Mengano no tenía más de cuarenta años y era de mediana estatura; su rostro estaba curtido por la resolana y por los vientos sucios de todos los días. Caminó como caminan los que viven demasiadas horas conduciendo un automóvil. Habrá que soltar un billete - pensó - pero primero habrá que palabrear un poco - para saber de cuánto era la jugada. Mengano se sintió muy experimentado en la materia: total, eso era cosa de todos los días y no era la primera vez que “arreglaba” con alguna autoridad. La vida es así y punto. Mengano supuso - casi podía asegurarlo - que el asunto no iba a demorar.

Bajo la sombra raída de un edificio, el policía lo esperaba: acalorado y aburrido en su incómodo uniforme de lanilla. Tenía el gesto cansado y la actitud burlona, como la de alguien que sabe de memoria la próxima rutina. Algunos árboles mustios vigilaban la calle. La luz del sol caía diagonalmente. La ciudad languidecía en el sopor de la tarde. Repentinamente, Mengano se sintió deprimido. Todo se veía tan sucio. Se recuperó rápidamente. Respiró muy hondo y se dispuso a cruzar la calzada que lo separaba del policía. Apoyado contra un poste de luz, un loquito miraba con atención la escena mientras metía trastes indescifrables en su costal. Era un loco común: sucio, extravagante, lánguido, endurecido por los vientos de la calle. Había en su rostro una sonrisa burlona que parecía esculpida a la fuerza.

- Jefe, buenas tardes - dijo Mengano y el policía apenas si masculló un saludo y estiró la mano. Mengano pareció confuso. Sabía que el asunto de la coima estaba cada día más simplificado, pero aún así, pensó que el asunto parecía demasiado directo.

- Documentos - aclaró inmediatamente la autoridad. Mengano entonces le alcanzó los documentos. El policía colocó la tarjeta de propiedad y la licencia en la parte superior de su tablilla y habilitó rápidamente un formulario. Todo con una gran destreza. Comenzó a escribir, pero, claro, con una lentitud inequívoca. De pronto, el loquito, sin perder la sonrisa, ni el mugroso costal, cruzó también la calzada con sospechosa dirección. Su paso era lento, pero definitivo.

- ¿Sabía usted que con tres papeletas en un año se le retira la licencia? - Mengano comprendió que esa era la clave para el inicio de la negociación y que ahora le correspondía a él el siguiente parlamento teatral.

- Caray, jefe, es que a veces uno anda tan preocupado con sus problemas. ¿Cómo podríamos arreglar por esta vez?

El loquito se les fue acercando lentamente. Mengano lo vio llegar por su lado derecho. El hombrecillo tenía una barba apelmazada por una mugre de años y miraba con ojos de niño travieso. El policía también lo vio, pero no le dio importancia.

- Sabía usted que con tres papeletas se le retira la licencia - repitió el policía e inmediatamente se dio cuenta de que ya había dicho esa parte del libreto. Mengano se volvió a desubicar y un presentimiento, de esos que lo ayudaban a sobrevivir en las calles de la ciudad, le indicó que algo iba a suceder en esa tarde bochornosa de febrero. El loquito, como si ya fuera parte de ellos, los auscultó curiosamente; se fijó en los documentos sujetos en la tablilla; volvió a mirar a los negociadores y algo debió entender, una luz tuvo que haber iluminado su aislado mundo porque fue abriendo la boca como buscando una burla adecuada y, con la actitud de quien algo ha descubierto, comenzó a señalarlos con el dedo índice.

Mengano y el policía palidecieron. Ambos habían entendido que eso podía terminar en un espectáculo y en la prueba innegable de aquello que - aunque siempre se daba por hecho - solía ser discreto. De pronto, la sensación de calor se hizo más intensa y en la distancia todo parecía un revoltijo de formas y colores en punto de ebullición.

- Vamos, circule - dijo el policía.

- Es... es... están coimeando.

- Siga su camino - insistió el policía intentando una voz más enérgica.

- Policía malo... chofer malo...

- Quítate, loco, ¡Carajo! - gruñó el policía y llevó su mano instintivamente al garrote que colgaba de su cinturón; pero el loquito no se asustó; es más, ahora parecía eufórico y repetía las mismas palabras con una mayor vehemencia.

- Por favor, señor - alcanzó a murmurar Mengano y se percató de lo ridículo de sus palabras para con un demente. Definitivamente, el policía había perdido el aplomo y miraba un tanto perplejo a su alrededor. La gente se fue congregando en las inmediaciones y se escuchaban las risotadas y las burlas. En un momento dado ya era una multitud la que festejaba las reconvenciones del loquito. No se pudo hacer más. El policía se guardó los documentos de Mengano. Detuvo apurado un auto y antes de escapar a cualquier sitio, sentenció a Mengano a recoger sus documentos y su papeleta en la Estación de Policía más cercana. La muchedumbre aprobó burlona y ambos se odiaron respetuosamente antes de que el aitomóvil se marchara veloz.

Eso fue todo. El gentío se fue disolviendo rápidamente, el vocerío se debilitó. Poco después, Mengano se alejaba resignado en busca de su suerte. La calle recuperó entonces su desolación, los edificios se hicieron más grises porque ya llegaba el crepúsculo, las veredas parecían más quebradas en la penumbra. A esa hora, el loquito parecía que iba y venía por esas calles como un viejo rey que pasea entre las ruinas de su carcomido dominio.

lunes, 2 de julio de 2007

NOTAS DE LA CIUDAD



HAY QUE RESPETAR LAS COLAS

Fulano llegó temprano porque todavía seguía creyendo en aquello de la puntualidad. Sin embargo, esa mañana reconfirmaba - ya sin mucha sorpresa - que los horarios especificados en un letrero grande y triste a la entrada del edificio gubernamental eran, como muchas otros horarios de otras muchas dependencias de este país, una promesa muerta y olvidada desde hacía mucho tiempo. Suspiró con un aire de resignación aburrida y se dispuso a esperar justo en el lugar donde otro letrero grande decía que había que esperar. Revisó sus papeles, sufrió un leve susto cuando supuso que había olvidado uno de ellos. Felizmente lo encontró. Volvió a verificar los datos del formulario 7,067 que le habían indicado llenar el día anterior luego de una espera extensa en otra cola interminable. Felizmente había preguntado todo lo que debía preguntar y ahora estaba seguro del lugar, del papeleo y de todo lo demás.

Se dispuso a esperar tranquilo porque todo estaba en su lugar. Claro, grave error de un Fulano que, otra vez, caía en la misma trampa: creer. Desdobló su periódico, se acomodó los lentes bifocales e intentó una lectura ordenada de las noticias del día anterior. Sólo hacía falta esperar y la lectura era lo que más tranquilizaba su viejo espíritu de hombre culto de clase media. Suspiró. El edificio era plomizo, grande y, en la neblina de la mañana, parecía un viejo ancho y curvado dormitando sentado. La lectura fue llenando los pensamientos de Fulano, paulatinamente se fue olvidando de su entorno.
A las nueve y cuarenta y cinco hubo un amago de movimiento detrás de los portones de fierro y cuando Fulano levantó la mirada del periódico para ver como estaba el mundo, descubrió asombrado que una multitud se apelotonaba en las cercanías del portón sin ningún ánimo de guardar el orden y que, peor aún, detrás de él, otro gran tumulto de personas había conformado una cola serpenteante, informe y desesperada. ¿En qué momento se había armado tal enredo?
Por un momento sintió una leve pena por quienes se hallaban tan lejos de alcanzar atención; aunque luego comprendió que más que pena, aquello era un secreto orgullo mal camuflado. Total, él estaba entre los primeros porque tomaba sus previsiones. Se había levantado temprano, había mal desayunado y, además, había soportado estoicamente de pie hasta ese momento: tenía derecho de estar tranquilo y hasta feliz. Incluso, todo lo que debía averiguar ya lo había hecho el día anterior en un ajetreo agotador. Esas eran las ventajas de ser responsable y organizado. En todo caso, pensó que lo mejor era preocuparse por los que pretendían saltarse todo su sacrificio colándose a fuerza de esa viveza criolla que le gustaba muy poco. En este mundo hay de todo, masculló, y luego sonrió impulsado por el orgullo de sentirse diferente.
Cuando el portón finalmente se abrió y los fierros de los cerrojos se callaron del todo, hubo un reacomodo de fuerzas que no dejó muy bien ubicado a Fulano quien, definitivamente ya no era el de años anteriores y, por lo tanto, no había podido correr ni empujar como lo hicieron contra él. En el ajetreo había retrocedido algunos lugares. De todas maneras, su ubicación tampoco era tan mala. Tal vez demoraría veinte minutos más de los calculado, pero igual, saldría temprano. Un formulario por aquí, una cola por allá y listo.

Un par de jovencitos encorbatados comenzó a distribuir a la gente en distintas colas según sus necesidades. Cuando llegaron a Fulano revisaron sus papeles, lo auscultaron casi con burla y antes de cualquier apelación, simplemente le dijeron que esa no era ni la oficina indicada ni aquel el formulario preciso. Más aún, le recomendaban regresar al día siguiente, eso si, a la hora, porque en esa entidad administrativa eran estrictos en todo y con todos.

domingo, 24 de junio de 2007

NOTAS DE LA CIUDAD



LA VENGANZA PÍRRICA DE FULANO


La mujer había terminado de subir a la camioneta todo terreno, al parecer con una sonrisa de niña que ya no era buena, mientras el gerente esbozaba una sonrisa de hombre ganador cuando encendía el motor





Fulano parecía haber recibido el impacto de un mueble que le había caído desde el tercer piso. Exactamente desde el edificio de la cuadra cinco de Angamos. Su rostro desencajado y sus ojos locos delataban su colapso emocional. La mujer había terminado de subir a la camioneta todo terreno, al parecer con una sonrisa de niña que ya no era buena, mientras el gerente esbozaba una sonrisa de hombre ganador cuando encendía el motor.
Fulano tuvo el tino de quedarse parapetado detrás del gran ciprés que se erguía a mitad de cuadra. Era definitivo, Fulano era ahora el actor de una vieja película en donde el personaje descubre que su mujer está saliendo con su jefe y entonces la vida se le congela sin fondo musical ni nada por el estilo.
El cielo era la misma pincelada gris de todos los días, aunque ahora las nubes negras le parecieron lo suficientemente cerca como para tocarlas. Se sentó en la banqueta, muy cerca de la calzada. Por sus manos abrazando sus rodillas, parecía que estaba buscando poner orden en sus pensamientos. Inevitablemente un par de lágrimas, sin mayor gesto, resbalaron por sus mejillas. Detrás de él, como un marco de película melodramática, el Café 4d dejaba ver las líneas verdes y blancas de su entrada y el conjunto de mesas llenas de jovencitos recibiendo la hora nona del verano.
De pronto, Fulano sintió que una mano tocó su hombro y cuando levantó la mirada encontró el rostro cetrino del hombre a quien siempre había visto vigilar la puerta del edificio de su desgracia. Lo siento, dijo el vigilante mientras se acuclillaba cerca de Fulano, esas cosas pasan. Fulano miró la calle por donde se había perdido la camioneta: negra, moderna, poderosa, conquistadora de secretarias sencillas. Usted lo sabía, le ha dicho Fulano, sin hacer mayor expresión en el rostro. Y el vigilante, yo sé muchas cosas, suspira, se molesta; pero me pagan por vigilar y por no meterme en lo que no me importa. ¿Qué hacer? ¿Cómo empezar a terminar? No lo sé, dice el vigilante y luego saca dos cigarrillos, Fulano acepta. Al rato están fumando. La avenida Angamos está fulgurante ahora. Las luces de los faroles están encendidas y el edificio donde funciona un casino es una explosión de luces multicolores que iluminan la noche. Sabe, dijo el vigilante, yo no soy nadie para meterme en su pena. La vida es así, algunas mujeres son así, algunos hombres somos así. Así son las cosas. Yo no soy nadie para juzgar. Le recomiendo que se vaya, que se calme, que se olvide de lo que no vale, cuando alguien se quiere ir se va; pero sabe qué... Fulano giró el rostro hacia el vigilante y se encontró con un hombre que miraba el poder desde el otro lado, como él. Luego vio los ojos de un amigo, quizás luego vio los ojos de un compañero, como cuando aun estaba en el colegio. Tuvo que haber visto algo que lo hizo sonreír.

- Sabe qué, hay que cosas que ya no se arreglan, pero le cuento que esos vidrios de la ventanas de la oficina son tan, pero tan caros, que ni se imagina.

Minutos después, las luces intermitentes de una patrulla y de una camioneta de serenazgo iluminaban la cuadra cinco de la avenida Angamos. Un vigilante del edificio declaraba para la policía que un loco se había aparecido de la nada y había lanzado pedradas hasta hacer añicos todos los vidrios del edificio. La verdad es que no podía precisar cómo era ese loco de mierda, pero que nunca lo había visto, era cierto. Finalmente exclamó, como para que quede muy claro, que él trató de alcanzarlo porque no era justo que le hicieran eso al dueño de la empresa, que era tan buena gente.

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Narrador por vocación, periodista ocasional. Ejerce la docencia en Lengua, Literatura y Redacción Básica y Superior. Ha publicado libros de cuentos como "Epistolario de Javier" (2006), “Lima a tientas“(2012) y "Cuentos de la ciudad" (2014). Además de otros académicos como el libro sobre gramática "La magia de las palabras" (2004), "Ortografía para todos" (2007), “Ortografía breve, escritura fácil” (2013). Colaborador para revistas y periódicos. Ha desarrollado talleres de Creación Literaria para el Museo de Bellas Artes de Lima, Asociación Peruana de Investigación Social. Asimismo, fue miembro de la Comisión Organizadora del Primer Encuentro de Escritores Peruanos en Madrid, España. Actualmente es director de “Punto y Coma Consultores”. Ha sido premiado en concursos como "Las mil palabras" de la revista Caretas y en el concurso "Julio Ramón Ribeyro" de Lima y los Juegos Florales de la UTC.