Historias comunes que se van recogiendo de las caminatas diarias

sábado, 20 de julio de 2013

Notas de la Ciudad - La sonrisa de Mengano


LA SONRISA DE MENGANO

Mengano llegó ya muy agitado a la esquina de la avenida Francisco Pizarro con prolongación Tacna, en el distrito del Rímac. Prácticamente había tenido que correr las dos últimas cuadras del jirón Próceres en donde lo había desembarcado la mototaxi aduciéndole que ya no podía avanzar ni un metro más por culpa de la congestión.
De mediana estatura, algo gordito, con muy poco cabello - todo tirado hacia atrás -, anteojos con monturas de carey grueso, un arcaico  bigotito, el rostro trigueño ya algo sudado, un terno azul algo maltrecho, una corbata gris con raya guindas; sostenía un maletín negro, como el de cualquier oficinista enmohecido. Era junio y el cielo plomizo de Lima parecía un techo bajo a punto reventar en una tormenta que nunca llegaba. A la derecha, se podía ver una parte del puente Tacna que parecía estremecido con la inmensa carga de vehículos que avanzaba a penas, reptando como un enorme ciempiés sobre el lomo de una vieja serpiente.
Por supuesto que se encontró con una muchedumbre  cuando llegó al paradero. Una multitud enardecida que aguardaba expectante la línea de transporte que los llevara a   su destino, de una vez y a tiempo. A las siete y treinta de la mañana todo parecía a punto de colapsar en las calzadas que separaban el Rímac del Centro de Lima. Las luces de un viejo semáforo  que pendía -  cual un ahorcado – de un largo poste plantado en el sardinel central de la avenida, para entonces  intercambiaban inútilmente de color. Todo estaba consumado: era la hora punta. De nada servían los bocinazos, el bramido de los motores, los esporádicos silbatazos de algún policía.
Mengano miró su reloj e hizo un rictus de fastidio. Se le estaba haciendo tarde y la posibilidad de una tercera tardanza en una misma semana ensombreció sus pensamientos. Se llevó una mano sobre el raleado cabello. Soltó un largo suspiro. Se acomodó la montura de sus lentes y se adentró decididamente en el remolino de peatones antes de que el desasosiego terminara por apabullarlo.
Se ubicó estratégicamente varios metros antes del paradero. Desde esa ubicación, podía ver toda la amplitud de la avenida Tacna, la que se introducía en el corazón del añejo distrito. Por encima de las añejas edificaciones: quincha, adobe, madera apolillada y una pátina de vejez, aún se alcanza a ver – difuso entre la neblina -  el triángulo desgastado que formaba el cerro San Cristóbal; más difusa todavía, la vieja cruz que coronaba la cumbre. Su rostro palideció cuando volvió a mirar su reloj: el tiempo avanzaba implacable. Levantó ansioso la mirada tratando de distinguir el ómnibus que le convenía: nada. Miró a su alrededor e entrevió que no era el único que temía por una tercera tardanza, y como que aceptó el consuelo que a veces se tiene cuando el mal es compartido. Después comprendió que precisamente ese temor, generalizado de no llegar a tiempo a su destino,  iba a convertir el abordaje del ómnibus en una batalla campal de todos los menganos que buscaran evitar otra tardanza.
De pronto se sintió minúsculo, débil, derrotado: como cuando el jefe lo humillaba con palabras que dejaban implícito que  era un constante perdedor. Mengano volvió a suspirar, pero esta vez mucho más profundo.
Cuando el ómnibus se hizo visible, sintió un rala alegría que inmediatamente se transformó en nerviosismo porque se dio cuenta de que muchos de los que se aglomeraban junto a él, se preparaban también para el asalto. Guardó sus lentes de carey, sujetó con fuerza su maletín envejecido y trató de adivinar el lugar en donde podría detenerse el ómnibus. Todos los demás también comenzaron sutilmente a orientar sus movimientos según sus propias predicciones.
Los vehículos se movieron aun cuando la luz del semáforo no había cambiado y, de pronto, la muchedumbre se descoyuntó precipitadamente en busca de su objetivo. El ómnibus estaba repleto y como que hizo el amago de seguir de largo; sin embargo, se detuvo sorpresivamente en el sitio menos previsto, a varios metros después del paradero, con un bufido de animal viejo y cansado. La hora decisiva había llegado. Mengano lo supo cuando empezó a correr antes que los demás peatones sorprendidos. La batahola  era ensordecedora como cada mañana: bocinazos, cobradores vociferando sus rutas, motores destartalados y el humo de las máquinas. El aire picante, lacrimoso, fosco.
Mengano cálculo que podía ser el primero en subirse al estribo del vehículo y fue feliz. Comprendió que estaba solo a unos cuantos metros de su objetivo y dedujo que esa mañana podría ser un ganador. Luego se dio cuenta de  que sus competidores ya estaban muy cerca porque escuchó el trote múltiple sobre la calzada, y apresuró el paso. El delicioso sabor de la victoria le infundía fuerzas. En verdad, al menos esa mañana de junio, podía ser un vencedor. Por eso, cuando vio que por su derecha otro hombre impetuoso estaba por rebasarlo, no tuvo tiempo de pensarlo, tal vez no quiso pensarlo: simplemente se le atravesó. Tampoco tuvo tiempo de ver cuando aquel cuerpo trastabilló y cayó estrepitosamente sobre la vereda,  muy cerca de una carretilla de desayunos al paso.
Mengano alcanzó a colocar el pie en el estribo cuando el ómnibus ya arrancaba. Parecía tan jubiloso que,  si no hubiera tenido que sostenerse con ambas manos de las barandillas, probablemente hubiera usado una extremidad para levantar un puño de ganador. 
Antes de que el ómnibus subiera por la rampa del puente Tacna, Mengano todavía alcanzó a ver a aquel hombre revolcado, muy parecido a él, incorporándose con la ayuda de algunos otros desdichados y maldiciendo su caída, maldiciendo al malvado que lo empujó, a su tercera tardanza, y  hasta la vida misma.

Ahora una fina lluvia salpicaba la cara de aquellos que iban casi colgados del ómnibus. La velocidad del vehículo aumentó con un quejido del motor.  Entonces Mengano se sintió mal por su proceder. No obstante, luego de unos instantes, se sintió en verdad peor cuando reconoció que verdaderamente no se sentía tan mal.

martes, 9 de julio de 2013

Notas de la Ciudad - Fulano y la flor



FULANO Y  LA FLOR

Fulano sostenía una rosa en la mano derecha y, en la otra mano, cargaba un bolsón negro y envejecido, tipo mochila.  El hombre, de mediana edad, tenía la cabellera lacia, desordenada y algo sucia; una barba de náufrago y una mirada de huérfano que lastimaba. Pude verlo bien porque estaba parado muy cerca de mí, y yo estaba cerca de la esquina que formaban   la avenida Pardo de Zela con Arequipa, aguardando, junto a muchos otros peatones,  a que pasara el colectivo  que me llevaría a casa, por fin, después de tantas horas de oficina y  de complicaciones propias de cada día.
El hombre de la rosa no parecía estar demente, aunque sus ojos lucían algo extraviados; pero la rosa, una sola, de tallo largo y de capullo  encarnado, envuelta en papel celofán, lucía como fuera de lugar entre sus  fachas desastradas y estimulaban cierta sospecha en los transeúntes  fatigados  de esa hora. Por lo menos,  evidenciaban a Fulano como un extravagante o como un tonto de primera clase: de esos que aún escuchan baladas amorosas del recuerdo, que copiaban poemas enmarcados en viñetas de flores trenzadas y que sufrían, a fondo, por amor.
Lo cierto es que sentí vergüenza ajena y opté por separarme unos pasos. Los demás, los que se tropezaban a ratos con él y  descubrían la rosa entre sus manos, inmediatamente mostraban una sonrisa socarrona y poco disimulada, ciertos  gestos burlones y había otros que hasta buscaban la mirada cómplice con algún otro caminante para confirmar la estupidez de aquel Fulano de piel cetrina, casaca azul y con una rosa intensamente roja entre sus dedos oscuros.
Ya era la hora punta y el cruce de Pardo con Arequipa ya estaba totalmente congestionado. La ya escuálida línea rojiza de la tarde aún se mantenía por encima de los empolvados edificios de Lince, aunque la llegada de la noche ya era irreversible.  Las luces de los faroles iban despertando y los colores fosforescentes de los letreros luminosos  se iban volviendo más nítidos sobre las fachadas de los comercios.
De pronto, de uno de los vehículos de transporte público que reiniciaba la marcha con el cambio de luces,  salió una voz sibilina que gritó en el momento justo: ¡Imbécil!
Fulano parecía no haberse inmutado, pero tenía que haberlo oído porque el insulto se escuchó, fulminante, en el mínimo espacio de silencio que puede darse entre los bocinazos, los silbatos y los gritos de los cobradores que vociferaban nombres de calles y distritos. La voz rasposa se filtró apenas en ese resquicio: ¡Imbécil!

Fulano alzó un poco más la rosa que ahora parecía más erguida, más roja, más intensa. Yo estuve  mirándolo a ratos, conmovido y curioso, pero sin descuidar la visión de la avenida por donde tendría que llegar mi transporte. A ratos, los viejos y desfallecientes árboles que vigilaban la avenida Arequipa susurraban intensamente  cuando el viento del crepúsculo y las últimas parvadas de aves vagabundas removían sus hojas.
Cuando por fin llegó  el colectivo que me llevaría a casa, y lo abordé entre empujones, pude ver que Fulano aún permanecía en su lugar, cerca de un puesto de revistas y casi de espaldas a una carretilla que vendía dulces y cigarrillos al paso. Fulano tenía toda la facha de un hombre a quien habían plantado; no obstante, seguía sosteniendo la flor envuelta en su celofán. A ratos parecía difuminarse entre la cerrazón del gentío; luego, reaparecía: la mirada algo extraviada, la casaca azul, el bolsón colgado del hombro derecho, la rosa roja- casi refulgente - entre sus manos entumecidas.
Recordé que mañana tenía una reunión de trabajo muy temprano, que las ventas habían bajado, que había que trazar nuevas estrategias de captación de mercado y que, en lo personal,  debía mejorar mi récord si quería seguir ascendiendo en la empresa. Es decir, como tantos otros: había que trabajar más, afanarse más, la vida era muy corta, había tanto que hacer.

Cuando el colectivo dio la vuelta por la avenida Arequipa con dirección al Centro, todavía pude ver un poco de Fulano y hasta algunas de las miraditas burlonas de los transeúntes de esa hora. Luego el silbato de la policía apresuró el tránsito, la noche se hizo  definitiva y ya no pude ver más a Fulano.

martes, 25 de junio de 2013

Notas de la ciudad - "La edad de la inocencia"


El hombre tenía, por lo menos, cincuenta años. Aunque se notaba que había llegado a esa edad con el suficiente cuidado como para no parecer apabullado por la certeza ya cercana de la vejez. Estaba vestido de tal manera que proyectaba sobriedad, pero sin perder el toque de elegancia informal: sacón de paño azul, camisa blanca sin cuello de corbata y una bufanda de seda llevada como quien no quiera la cosa. Junto a él, estaba la bella mujer: cabellera oscura, lacia y coquetamente corta, los ojos inmensos y oscuros, el rostro delicado y terso. Bajita, quebradiza, seductora. Un fino piersing -  casi como una gota lluvia color plateado - brillaba en un costado de su fina nariz.
Ambos caminaban por la vereda central de la avenida Pardo, esa que está flanqueada por árboles añosos y en cuyas veredas se han colocado bancas vigiladas por faroles de luz ambarina y discreta, como para que los enamorados puedan hablar de sus cosas. Todo mientras los automóviles transitan,  de ida y vuelta, con uno que otro bocinazo altisonante.
Vistos así, tomados del brazo, con alguno que otro beso, casi como un piquito de amor en el camino, nada habría de singular en ellos. Ella era de una belleza oriental y él, un latino todavía con cierto encanto: ambos podrían ser tan solo un par de enamorados impetuosos.
Es decir, nada habría de especial en ellos, salvo el detalle de los años. La bella mujer no parecía tener más edad que la de una adolescente y él, como mínimo, tenía la edad para ser un pariente mayor, digamos un tío maduro, aunque bastante conservado. Tal vez  por eso las miradas de quienes se cruzaban con ellos eran, de vez en cuando,  algo atrevidas y  hasta burlonas.  Algunos solo los miraban disimuladamente; otros, en cambio,  volvían el rostro cuando ya los habían pasado y luego  sonreían mientras intercambiaban algunas frases con sus acompañantes, frases probablemente socarronas. Incluso desde las veredas laterales les llegaba, de tanto en tanto, una frase punzante o por lo menos un silbido impertinente.

 Pero ellos parecían haber sobrepasado el nivel de las miradas y las burlas, porque seguían caminando absortos en sus cosas, aquilatando su caminata a la hora del crepúsculo: esa hora precisa cuando las luces de neón ya despertaban en las fachadas de los edificios comerciales y el cielo se iba oscureciendo paulatina y agradablemente. Por supuesto que el viento agitaba las copas de los árboles como en cualquier escenografía romántica y bandadas de pájaros atravesaba, de cuando en cuando, el cielo plomizo de Miraflores.

Sin embargo, por lo visto, no estuvieron preparados para la aparición de aquella mujer, de edad madura, que los detuvo en seco para recriminarlos con la autoridad que al parecer le daba el rango de tía de la bella joven. Al menos, eso se entendió del primer intercambio de gritos, por un lado, y de voces conciliatorias, por el otro, que crepitaron en el primer round. Mengano retiró la mano de los hombros de la bella; en tanto la bella miraba pálida y sorprendida a la mujer que los había intervenido.  < Esto se termina ahora >, repitió varias veces la tía como para que no quede ninguna duda en nadie: < No podía ser, no podía ser >. El hombre no atinaba a decir cosa alguna. Solo la bella - que hablaba algo del amor -  lograba entremeter alguna frase en medio de la catarata de prohibiciones con la que los sentenciaba la enojada tía.
Para ese momento, algunos curiosos ya habíamos perdido la cautela y las buenas costumbres de no escuchar problemas ajenos y simplemente observábamos el espectáculo con toda la frescura posible. Logramos entender que la bella tenía padres vivos y parientes estratégicamente distribuidos por Miraflores. Supimos que el hombre había conocido a la bella en algunas clases de teatro (o sea que actorcito el tío, pensamos muchos, bohemio y pendejito, consumidor de viagra y roba cunas). Entendimos que la bella tenía el DNI recién hacía algunos días y que incluso el padre era algo más joven que aquel hombre que ahora parecía abochornado. < Esto se acaba ahora o lo arreglamos en lo judicial >, arengó finalmente la tía con un tono de amenaza contundente, con la seguridad de quien se conoce de tú a tú con muchos poderosos. En ese momento, una lluvia – menuda y mezquina, como siempre – comenzó a caer.

Cuando ya todo parecía dicho y la tía estiraba el brazo para coger la delicada mano de la bella, en una escena a la que solo le faltaba un fondo de película india, (porque eso sí, a la bella solo le faltaba un poco de escenografía para enmarcar su hermosura oriental) algo iba a cambiar el rumbo de esa historia. Repentinamente, la joven lanzó la noticia que nos paralizó a todos, que ya éramos partícipes de aquel guión de telenovela. La noticia que no solo dejó petrificada a la tía, sino que mejor aun, desacomodó casi hasta el desmayo al hombre que hasta allí no había dicho esta boca es mía. Porque, ciertamente, que alguien te avise, así, de repentino, que estaba embarazada y que lo iba a tener y que nada ya los iba separar, te deja, como mínimo, estupefacto.
Todos nos miramos con la misma sorpresa: anonadados. La tía bajó la mano. La bella cogió el brazo del hombre y lo colocó sobre sus hombros. La bufanda del enamorado ahora no lucía con la prestancia de antes, sino algo confusa. Seguramente la historia iba a tener más capítulos en donde ya no íbamos a estar.


Por ahora, la historia terminaba con la bella alejándose con su veterano amor, la tía retirándose aturdida por el impacto, con nosotros regresando a nuestros caminos con una sonrisa socarrona. Lo cierto es que cuando vimos a la pareja regresar sobre sus pasos por la ya casi oscura alameda de la av. Pardo, el hombre parecía casi un anciano de pasos cansados.

martes, 26 de mayo de 2009

NOTAS DE LA CIUDAD

Fulano sintió como unas manos iban rebuscando los bolsillos de su casaca hasta dar con su billetera. Sintió el olor alcanforado de sus atacantes, mientras dos manos lo sujetaban contra una pared. Entendió nítidamente aquello de la humillación de los vencidos y se dejó hacer para que todo eso terminara de una vez.


EL ASALTO

Fulano lo sospechó inmediatamente: aquellos tenían toda la facha y la actitud de un par de adictos desesperados. Sin embargo, y como casi todos los homínidos de estas calles, supuso, por unos momentos, que a él no le iba a pasar, aunque todas las evidencias dijeran que sí le iba a pasar. Como precaución, simplemente decidió apresurar el paso y abrirse un poco hacia la izquierda. Ese día, el sopor del verano era agobiante y la luminosidad solar reverberaba pegajosa y cegadora en los vidrios de algunos viejos autos y de los edificios - de los pocos que por allí tenían vidrios - . Fulano, miró a su alrededor como para medir sus posibilidades de escape. Su gesto no pudo ser más elocuente. Palideció. Había caído en una de esas calles de Lima en donde todo estaba dispuesto para el asalto: paredones extensos que cercaban depósitos, sólo algunas puertas completamente cerradas, basurales que semejaban pequeños montículos rumorosos de moscas.
Fulano entendió que el asunto era más grave de lo que había supuesto cuando notó que dos de los caminantes que iban delante de él - percatados de los salteadores-habían decidido cambiar de vereda. Ya es muy tarde, para mí, debió pensar. Por lo tanto decidió seguir su destino y esperar, si la suerte estaba de su parte, que aquellos fumones lo ignoraran por esas cosas raras que a veces tiene la suerte. Cuando ya estaban a unos metros de él, Fulano pudo verlos a plenitud y se dio cuenta de que ellos también lo habían visto y medido. Todavía pudo haber brincado a la calzada y cruzar a la otra calle evadiéndolos por unos momentos; sin embargo, como que se fascinó con aquellos individuos que se le acercaban.
Era la primera vez que los veía con tanta atención y tan cerca: fantasmales, arruinados, embrutecidos. Vio que uno de ellos – al parecer el menos deteriorado - se fue adelantando. Todo estaba consumado. Ese mediodía de febrero, en las inmediaciones de la tercera cuadra del jirón Huanuco , él, fulano, iba a ser un individuo más en la incierta lista de gente maltratada por un robo. Masculló una maldición.
- Tío, – le dijo entonces el tipo que se había adelantado a su cómplice. Tenía los ojos azules y un gorro sucio de capitán de barco, como en las películas; la barba oxidada y sucia – un favorcito.
Fulano quiso ignorar aquella llamada, pero una mano firme ya lo había detenido. Miró entonces con terror que el otro individuo: más bajo, los ojos inyectados, y más sucio, también se había acercado. De pronto, ambos, lo tenían flanqueado definitivamente.
- ¿Eres sordo, tío? – le reclamó el del gorro de capitán – uno te habla educadamente, pero nada.
- ¿Qué quieren? – dijo Fulano, mal ocultando su miedo.
- Una ayudita para el combo, tío, nada más.
Luego, Fulano sintió como unas manos iban rebuscando los bolsillos de su casaca hasta dar con su billetera. Sintió el olor alcanforado de sus atacantes, mientras dos manos lo sujetaban contra una pared. Entendió nítidamente aquello de la humillación de los vencidos y se dejó hacer para que todo eso terminara de una vez. Vio cómo desaparecía el reloj de su muñeca y cómo sus bolsillos era esculcados desesperadamente. En algún momento de esa interminable espera, algo en su mirada indicó que había calculado las posibilidades de una rebelión, sin embargo, fue apenas una luz rápida que se aniquiló ante la contundencia de la verdad.
Cuando los facinerosos terminaron su labor, Fulano parecía estar totalmente cansado. Miró a los individuos y luego miró la larga y desolada calle. ¿Y ahora?. Entonces fue cuando escuchó la frase que terminó por confundirlo en ese medio día de su infortunio.
- Oye, déjale para su pasaje – dijo el de gorro marinero.
Fulano nunca estuvo seguro si lo que dijo a continuación fue una sorna (impropia de alguien arruinado por las drogas) o las palabras inconscientes de un remordimiento, también extraño. Lo cierto es que, antes de irse, el de los ojos azules le dijo, tan cerca que percibió su aliento a licor barato:
- Vete rápido, tío. Por aquí asaltan siempre.

NOTAS DE LA CIUDAD


Dicen que hay momentos en la vida de un hombre en donde se determina su temple y valor, y que esos momentos son sorpresivos: aparecen en cualquier ocasión y lugar. Por ejemplo en una calle del jirón Lampa. Se dice que sólo entonces el hombre alcanza su grandeza o su miseria en una fracción de segundos y que luego se lleva para siempre ese recuerdo.

LA DECISIÓN DE FULANO
El hombrecito se le apareció a Fulano repentinamente, desde algún lugar inesperado, con un gesto de innegable miedo: Ayúdeme.
Se diría que Fulano había estado distraído porque la sorpresiva aparición de aquella sombra esmirriada lo cogió tan de sorpresa que apenas si alcanzó a disminuir un gemido que pudo haberlo abochornado para siempre por las veredas del jirón Lampa: Ay, Dios mío. Sin embargo, tuvo la rapidez como para carraspear casi de inmediato y, así, disimular su gritito poco varonil y recuperar de inmediato su dignidad.
El hombrecito - que sí había alcanzado a escucharlo - lo miró entonces con cierta decepción y hasta se diría por sus gestos que tuvo dudas muy serias sobre el apoyo que Fulano podría darle. Como que el gemidito había disminuido a Fulano dramáticamente hasta convertirlo en otro desvalido más de esa tarde. Aún así, y probablemente porque no había otro individuo alcanzable, le insistió: Me persiguen dos pirañas, señor, ayúdeme.


Fulano levantó la mirada y escrutó por las inmediaciones. Los mismos edificios empolvados en la esquina de Nicolás de Piérola. El viejo puesto de periódicos abandonado a punto de desplomarse desde siempre. El pasaje que daba hacía Carabaya. En un principio no logró ubicarlos, pero en una segunda mirada sí que los descubrió: mal escondidos y disimulando pésimamente sus intenciones, con las camisas desabotonadas y las zapatillas sucias y descomunales, dueños por completo de la situación. Fulano, por supuesto que tuvo miedo. Tenía un maletín, de falso cuero claro, pero con documentos importantes; además estaba su teléfono móvil que tampoco era de tecnología de punta, pero que le había costado lo suyo.
- Busque un policía, no a mí.
- ¿Y Dónde?

Fulano volvió a hurgar con la mirada confusa y efectivamente no logró ver a ni a policías ni a serenazgos en las inmediaciones. Claro que había gente, y mucha, yendo y viniendo por todos lados, pero como si no estuvieran, como si no vieran. Él sabía que nadie iba a intervenir en el caso de una agresión. Él tampoco lo hubiera hecho. ¿Entonces? ¿Cómo dejó que lo complicaran en esto?:
- Pero qué quiere que yo haga.
El hombrecillo trató de decirle algo, pero lo que sea que haya querido decir, murió en un balbuceo confuso. Tan sólo lo miró totalmente rendido, con los ojos acuosos. Fulano comprendió entonces todo. Entendió que estaban solos, acosados, huérfanos en una calle peligrosa
- Ayúdeme
- ¿Por qué yo?


Dicen que hay momentos en la vida de un hombre en donde se determina su temple y valor, y que esos momentos son sorpresivos: aparecen en cualquier ocasión y lugar. Por ejemplo en una calle del jirón Lampa. Se dice que sólo entonces el hombre alcanza su grandeza o su miseria en una fracción de segundos y que luego se lleva para siempre ese recuerdo. Al parecer, sin asimilarlo bien, Fulano quiso asumir ese reto que la vida repentinamente le imponía


- Vamos, yo lo acompaño, no le va a pasar nada.


El hombrecillo, de pronto sintió que la dimensión de Fulano se había recuperado. Lo miró, lo admiró y lo siguió mansamente.Ambos caminaron hasta el jirón Azángaro. La luz del sol, a esa hora, era apenas una resolana percudida más allá de los nubarrones grisáceos que cubrían la ciudad. Fulano volvió el rostro con la esperanza de ya no ver a sus perseguidores, pero los vio: casi burlones y astutos, siguiéndolos implacablemente. Decidió entonces bajar hacia la avenida Bolivia. El hombrecillo obedeció callado. A lo lejos, y hacia la izquierda, alcanzaron a ver la estructura polvorienta del Palacio de Justicia. Al frente, el hotel Sheraton como un león viejo y testarudo sobreviviendo de los recuerdos. Cuando se acercaron al cruce con la avenida Garcilazo, Fulano ya no quiso mirar hacia atrás porque sabía que ellos todavía estaban allí, y quizás más cerca que antes. Se diría que casi los sentía reír.


Dicen que hay otros momentos, en donde un hombre - muy a su pesar - puede llegar a extremos de pusilanimidad insospechados. Es decir que la línea entre la grandeza y la cobardía es, a veces, demasiado delgada e inestable.
Sea por esta razón o por cualquier otra, el hecho es que cuando Fulano reconoció el ómnibus destartalado que lo podía llevar a su destino y vio que la luz del semáforo estaba por cambiar a verde, se descubrió en una faceta que hasta allí desconocía. Simplemente empujó al hombrecillo que se había sujetado de su brazo, y cuando sintió que éste trastabilló, trepó de un salto al ómnibus que ya arrancaba. Había, como siempre, un ruido ensordecedor de bocinazos, silbatos y gritos.
Desde los vidrios quebrados del viejo ómnibus, Fulano todavía alcanzó a ver la cara de confusión del hombrecillo y ya muy cerca de él, las siluetas de sus perseguidores. No pudo ver más porque la multitud de esa hora los fue envolviendo hasta desaparecerlos. Muy en el fondo, como que Fulano no quiso ver ni siquiera dentro de él mismo.

NOTAS DE LA CIUDAD

Los transeúntes comenzaron a demorar el paso picados por la curiosidad que despertaba aquel hombre flaco y sudoroso que aferraba al otro, gordito y con cara de sinvergüenza. Zutano respiró muy hondo y lanzó la apelación que tantas veces se había guardado: ¡Págame!
PÁGAME
Finalmente lo alcanzó en la esquina Emancipación con el Jr. De la Unión. Lo cogió por un brazo y cuando aquél volvió el rostro asustado, Zutano lo enfrentó con un gesto desafiante: al fin te encontré. El otro hombre trató de forzar una sonrisa que finalmente no pudo ocultar su contrariedad y sorpresa. Incluso miró de reojo a todos lados como si buscara alguna ruta de escape: pero, hombre, qué sorpresa. Tragó saliva. Entonces Zutano lo sujetó por las solapas con gesto amanazante. Los transeúntes comenzaron a demorar el paso picados por la curiosidad que despertaba aquel hombre flaco y sudoroso que aferraba al otro, gordito y con cara de sinvergüenza. Zutano respiró muy hondo y lanzó la apelación que tantas veces se había guardado: ¡Págame!
En pocos minutos ya se había formado un aceptable grupo de curiosos que rodeaban a los dos hombres. Algunos miraban con simpatía a Zutano: pobre hombre, uno presta porque es buena gente, pero hay tanto caradura en este país. Otros, más bien, apoyaban al gordito que, después de todo, tenía algo de cada uno, porque – dígame usted - quién no cabecea en este mundo. Algunos bocinazos, como los se que dan cuando se respalda alguna marcha, se empezaron a oír. Desde las otras veredas, la gente aguzaba la mirada tratando de saber lo que sucedía. En medio del círculo que habían formado los curiosos, Zutano y el otro hombre discutían a toda voz.
- Te juro que ya tenía el dinero y que te llamé por teléfono
- Te juro, nada, y a mí tú nunca me llamaste por teléfono
- Bueno, fatal para ti si no me crees, pero yo sí quería pagarte
- Entonces págame ahora
- Es que ahora no tengo
- No me importa. Hace meses que deberías haberme pagado
- Tú no entiendes que la crisis nos ha fregado
- Por eso, yo también estoy jodido y quiero la plata.
De pronto, Zutano se dio cuenta de que estaba rodeado por gente que no conocía, pero que esperaba, ansiosa, la siguiente escena del espectáculo que él les estaba ofreciendo arrastrado por su desesperación. Alguien del grupo le aconsejó, de buen corazón, que lo llevara a la comisaría; otros dijeron que eso era por las puras; del otro sector, más que opinar, murmuraban por un borrón y cuenta nueva y, que caray, la amistad estaba por encima del dinero y, además, – esto sí lo aprobaron todos – la crisis nos estaba obligando a tantas cosas injustas como ésta. En la mirada de Zutano – antes cargada de decisión - comenzó a notarse una sombra de agotamiento o quizás - no estoy seguro - de resignación. Miró la ciudad y se sintió cansado. El hombre gordito intuyó que ya había ganado la batalla; hubo en su rostro un gesto de escamoteador experimentado que lo delató: se dispuso a dramatizar el colofón de su actuación.


- En verdad te voy a pagar, te lo juro por lo más sagrado.
- ¿Cuándo?- Antes de una semana... Yo mismo te voy a buscar... Te doy mi palabra...
- No te creo
- Hermanito, créeme, por favor, a pesar de la situación, yo te voy a cumplir.


Zutano lo miró fijamente y pareció comprenderlo todo. No obstante, como que se sintió abrumado, sin fuerzas ni ganas de insistir, y, poco a poco, fue aflojando la tensión con la que había sujetado al gordito. Con el nudo de la corbata ahora mal puesto y las puntas del cuello de la camisa hacia arriba, Zutano parecía haberse resignado a la evidencia contundente: otra vez se le iba a escapar.Los bocinazos aumentaron, se oyó muy cerca los silbatazos de la policía. El gordito deudor se diluyó rápidamente.
Zutano se marchó silencioso, derrotado, solo. Mientras el gentío se disolvía presuroso en la bruma de las seis de la tarde.

jueves, 7 de agosto de 2008

NOTAS DE LA CIUDAD

Un hombre me interviene cuando estoy sentado ante la pantalla de una computadora en una cabina pública, me habla muy bajo, pero con voz determinante. Me pide que le escriba una carta...


NO VALE LA PENA

Supongo que las cosas se terminan cuando tienen que terminarse. ¿Le parece que así está bien? Y no sé, le digo, principalmente porque no quiero inmiscuirme más de lo que ya estoy. Bueno, me dice él, luego de un rato de reflexión y con los ojos fijos en la pantalla oscilante de la computadora, siga escribiendo: nadie puede detener las cosas del corazón y, en ese sentido, no hay nada que agregar a lo que pasó, ya está, así debió quedar, tú por tu lado y yo por el otro; pero tenías que hacerla por la difícil, y eso sí que no lo acepto. ¿O usted qué opina?, me pregunta. Yo solo escribo, le digo. Pero alguna opinión tendrá que tener porque está conociendo la historia. Usted dicta, yo escribo, verifico la ortografía y arregló algunas palabras, ese fue el trato.
Siento que me mira con enojo. O sea que usted no sabe no opina como ese porcentaje que sale en las encuestas. Quiero decir - contesto sin quitar la mirada de la pantalla - que yo no me meto en los problema de los demás. Se lleva una mano hacia su cabello recortado, luego saca un pañuelo con el que repasa su rostro cetrino buscando eliminar el brillo grasoso de su frente. Escriba entonces: la deslealtad, Margarita, es una falta que mata más que el desamor. Tú lo sabes porque a ti te pasó lo mismo y me lo contaste alguna vez y en ese tiempo yo te consolaba. Eso fue cuando todo iba bien entre nosotros. ¿Sabía usted que nos iba bien en un tiempo? No ¿Sabía que yo era un hombre feliz? Entonces vuelvo el rostro hacía él. Es un hombre cansado, de rostro cincelado por el ejercicio y el rigor de una vida de disciplina. Pretendo encoger los hombros para mostrar indiferencia; pero no me sale muy bien. Yo también quiero sacar un pañuelo para sacarme la fina capa aceitosa que a veces aparece en mi rostro cuando estoy nervioso.
Siga escribiendo: si acaso algo se estaba jodiendo entre nosotros podrías habérmelo dicho; es decir, tú sabes, tal vez te hubiera hecho el escándalo, pero sabías que yo terminaría entendiéndolo y seguramente se hubiera buscado una solución, y si no la había, me iba a dar cuenta, Margarita, a muchos no nos gusta pedir algo que ya no hay, pero todo hubiera sido por la legal. ¿Qué le parece eso de legal? Callé. ¿Sabía que soy oficial de la policía? ¿Que defiendo la ley? Luego calló por un rato. Claro que la mayoría de los civiles piensa que nosotros nos pasamos la ley por los huevos. Se oye el ruido ronco y envejecido de un automóvil en la calle. Yo no digo nada, miro la pantalla, sólo espero que me dicte más palabras. Estoy pensando en cuál era el segundo nombre de Camila. Me comienzo a inquietar. Ella no me lo había dicho, pero si me contó que no le gustaba ese segundo nombre porque era muy común, aunque reconoció que era el que más usaba o con el que más la conocían. ¿Podría ser? Pienso. Un hombre me interviene cuando estoy sentado ante la pantalla de una computadora de una cabina pública. Me habla muy bajo, pero con una voz determinante. Me pide que le escriba una carta. Le digo que no, que estoy ocupado. Las cabinas están a medio llenar, la música de una radio deambula muy débil por el ambiente. El encargado, un hombre gordo y abúlico, medio dormita sentado cerca de la computadora principal. Nadie se da cuenta de lo que está pasando en la cabina número doce, la más escondida. El hombre vuelve a insistir con demasiada autoridad y yo estoy con la viada y aun no tengo miedo, por lo tanto, me vuelvo a negar con aplomo y casi con desprecio. “Le conviene, amigo”, me dice luego: “Hágame caso, le conviene”. Lo miro bien. ¿Cómo podía ser que a esa hora de la tarde se aparezca un tipo a pedirme con tono de amenaza que le redacte una carta.? Vuelvo a mirar a mi alrededor: nadie se había inmutado.

Entonces siento que aquél me ganó por intimidación. No estoy seguro si el bulto que se camufla bajo su chompa a la altura de la cintura es un arma, pero él hace toda la pose como para creérmela. Finalmente acepto. Entonces me pone una mano en el hombro como para tranquilizarme y me indica lo que pretende. Y yo pienso que eso me tomará sólo un rato y que lo mejor es dejar pasar el mal rato lo más pronto. Escriba: entiendo que el servicio y mis guardias tan constantes nos tenían separados por mucho tiempo; pero eso ya lo sabías desde que aceptaste estar conmigo. Calla por un rato. Sus ojos se turban. ¿Cuál era el otro nombre de Camila? ¿Se llamaba en verdad Camila? Siga escribiendo: aceptó que es difícil estar con un hombre de mi ocupación. Sé que pocos creen que los de uniforme podemos enamorarnos. Pero a veces sucede que nos enamoramos, como yo lo hice de ti. ¿Usted también piensa que los policías somos una mierda? Yo dejo de teclear: No. Y él: ¡Si cómo no! ¿Por qué hay gente que se mete con la mujer de otro? Se ofusca: ¡Carajo! ¿No hay suficientes mujeres por allí? Me mira directamente y presiento que me odia, que me lo va a decir, que no entenderá razones, que yo tampoco las entiendo bien; casi vaticino que va a sacar el arma. Y yo no estoy seguro de Camila. La traición, Margarita, es lo que más duele, más que un balazo. La confianza que se le empieza a tener a alguien. ¿Entiendes? Me mira. No sé si me está dictando o me está preguntando. No es fácil creer en alguien. Aquí es la selva y cada quien es un pendejo que está buscando sacar provecho y uno tiene que vivir sin creer en nadie. Cierra los puños. Su rostro sigue impasible. Solo sus ojos casi inyectados lo delatan. Por lo demás, pareciera que su rostro no ha aprendido a entristecerse. Yo pienso en Camila y en la estupidez de no haberle preguntado más sobre el novio que tenía. Ella tan solo me dijo una tarde: sí te acepto, ahora somos enamorados, y te quiero.

Ahora el hombre me mira otra vez. Suspira. Se queda un largo rato en silencio como como cavilando. Luego dice: No vale la pena. Guarda su pañuelo. Me pone la mano sobre el hombro. Déjelo así. No vale la pena. Pensaba mandárselo a su correo, pero no vale la pena. Gracias por la molestia. Me vuelve a mirar pero como si ya estuviera alejado: Teniente Silva, de la comisaría de Magdalena del Mar para cuando guste. Adiós.
Luego de una rato, recupero el aliento y el ritmo controlado de mis latidos. Miro las letras en la pantalla y siento la pena total de un hombre ahogándose entre los sustantivos y los verbos que se extienden en esa página sin terminar.
Después llevo el cursor hasta la última línea y comienzo a borrar palabra tras palabra. En verdad, pienso: no valía la pena

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Narrador por vocación, periodista ocasional. Ejerce la docencia en Lengua, Literatura y Redacción Básica y Superior. Ha publicado libros de cuentos como "Epistolario de Javier" (2006), “Lima a tientas“(2012) y "Cuentos de la ciudad" (2014). Además de otros académicos como el libro sobre gramática "La magia de las palabras" (2004), "Ortografía para todos" (2007), “Ortografía breve, escritura fácil” (2013). Colaborador para revistas y periódicos. Ha desarrollado talleres de Creación Literaria para el Museo de Bellas Artes de Lima, Asociación Peruana de Investigación Social. Asimismo, fue miembro de la Comisión Organizadora del Primer Encuentro de Escritores Peruanos en Madrid, España. Actualmente es director de “Punto y Coma Consultores”. Ha sido premiado en concursos como "Las mil palabras" de la revista Caretas y en el concurso "Julio Ramón Ribeyro" de Lima y los Juegos Florales de la UTC.